«Cuándo fue que se jodió el Perú»

Archivo Igartua


En estos días efervescentes -de resurgimiento económico- que vive la República, en los que se observa, por un lado, voluntad y empeño del gobierno por realizar sus planes y cumplir las recomendaciones del FMI y del Banco Mundial, y en los que, por otro lado, se advierte un claro estilo fascista, con una desmedida arrogancia que muchas veces cae en el abuso y el atropello, bueno es mirar hacia atrás, a releer lo ya escrito. En estos días en que la economía nacional va abriendo posibilidades insospechadas de desarrollo, a la vez que va creciendo el hambre y la desocupación -la miseria en sus distintas tonalidades- y se comprueba cómo va el Estado fagocitándose a todas las instituciones, llevando al país a un centralismo agobiante, que la mayoría acepta por inercia o por ignorancia de lo que éste significó en nuestra historia y en la de otros pueblos; en estos días tan contradictorios y tan difíciles de analizar con sosiego, no hay mejor manera de hallar algo de luz que mirando al pasado, hurgando en las lecciones del ayer alguna explicación a los desconcertantes hechos de la palpitante actualidad.

No me ocuparé, pues, en esta edición del adiós, de destacar acongojado el comportamiento atropellador de la mayoría parlamentaria, que se niega a investigar las cuentas de los últimos años del Parlamento y decide hacer cera y pabilo con los congresistas del 80 al 90, insistiendo en tergiversar la visión histórica de la ciudadanía recordando tiempos cercanos de ingrata memoria colectiva para que el presente -al que no le faltan raterías y le sobran arrogancias napoleónicas- sólo sea comparado con el desastroso paso de Alan García por el gobierno.

Para ofrecer una visión lo más clara posible de lo que ocurre hoy ante nuestros ojos nada mejor que volver la vista atrás; para el caso, repetir –actualizándolo- el artículo que escribí hace algunos años bajo el título de “Cuándo fue que se jodió el Perú”.

Esta dramática pregunta -¿Cuándo fue que se jodió el Perú?-, recogida de memoria de un texto de nuestra reciente literatura, refleja con dolorosa precisión la inquietud actual de la inteligencia peruana, que no halla en el paso de Alan García por el gobierno un episodio crucial sino apenas una desgraciada anécdota. Es una pregunta que revela la clarividente sensibilidad de quien puso por escrito esta gran interrogante nacional, que se ha hecho persistente en demanda de respuesta, de aclaración sobre nuestra existencia como país, en no pocos círculos intelectuales del Perú. Es una interrogación que se ha transformado en angustiosa necesidad de hurgar en los recovecos del pasado y del presente en busca de una explicación al espectáculo de descomposición que nos rodea, a pesar de los pasos positivos que en muchos campos se están dando en el gobierno del presidente Alberto Fujimori.

¿Cuándo fue que se jodió el Perú? No fue en el Incario, porque entonces estas tierras eran apenas embrión de un país no nacido. Tampoco fue en la Colonia. Eran tiempos en que la historia no existía fuera de los mares europeos –que abarcaban las aguas del mundo- y cualquier país de la periferia europea, cercano o lejano a aquella historia, estaba en el limbo, no tenía un porvenir señalado (aunque no sería ocioso apuntar de paso que los virreinatos de México y el Perú eran entonces los territorios más desarrollados de toda América).

¿Fue con la República que se jodió el Perú?

Aquí ya se trata de nuestros días y de nuestras responsabilidades. Sin embargo, los primeros decenios de vida independiente transcurren por igual, con similares rivalidades entre caudillos, en toda América Latina; sin que Lima dejara de ser en esos años la capital más importante de América del Sur. Hasta esa etapa, las posibilidades de desarrollo para la incipiente nación peruana eran iguales o mayores que las de Colombia, Chile o Argentina.

Nuestro primer gran contratiempo recién llega a mediados del siglo pasado y es obra de peruanos. Son los peruanos desterrados en Chile, con el futuro mariscal Castilla a la cabeza, los que alientan la expedición chilena que en Yungay derrota y destruye a la Confederación Perú-boliviana, creada por Santa Cruz con la visionaria intención de corregir el despechado despropósito de Bolívar y rehacer el territorio histórico del Perú.

Es imposible desde hoy, desde nuestro trágico presente, vislumbrar lo que hubiera sido la reunificación peruana, esa república que soñaron algunos espíritus visionarios, ese Perú que pudo ser y no fue. De todos modos, si hubiera sido un territorio más grande y más rico, con una Sierra más potente frente a la lánguida y amodorrada Lima -ciudad cuyo nombre tiene fragancia de fruta asexuada-; y quién sabe si de ahí, de un diálogo vital entre la Costa y los Andes, hubiera surgido la nación que aún no logramos forjar.

Pero la historia no se hace con lo que pudo haber sido y no fue. No podemos, por ejemplo, adivinar siquiera el Perú que hubiéramos heredado de las rebeldías de Gonzalo Pizarro o de la enloquecida correría de Lope de Aguirre por selvas, cordilleras, ríos y mares en búsqueda del reino de la libertad, que él quiso ubicar en tierras del Pirú. La historia es hija de los hechos, de lo ocurrido y constatado. No es de la imaginación ni de los deseos. Puede sí serla de los olvidos.

Es historia, por ejemplo, la glorificación en el Perú del mariscal Castilla y también es historia la canción que a diario se escucha cantar a los niños en las escuelas de Chile:

“Cantemos la gloria
del triunfo marcial
que el pueblo chileno
obtuvo en Yungay…”

Son, en realidad, la misma historia. Pero mientras que en un lado -en Chile- se tiene memoria correcta de lo que fue un hito importante en la formación de su país como nación, en la otra parte -en el Perú- ni siquiera se recuerda que fue Castilla quien capitaneó esas huestes chilenas, destructoras de la Confederación que reunificaba al Perú que Bolívar dividió por vengarse de los desprecios de Lima.

Como vemos, no hay siquiera memoria de nuestro primer gran contratiempo, prolegómeno del segundo, del descalabro militar de 1879.

La pérdida de la guerra postró al Perú. Lo hizo caer en el abismo de la ruina económica y moral. Y, en este caso, la humillación nos abrumó hasta tal punto que se ha hecho obsesión nacional su recuerdo. Lo que tampoco es sano ni fecundo.

Sin embargo, a pesar de esos dos tremendos desastres, no fue entonces que el Perú se jodió. Con tenacidad, con esfuerzos propios, con confianza en el destino patrio, el Perú se recuperó y, a finales del siglo pasado y comienzos del novecientos, floreció nuestra agricultura y la minería peruana respaldaba una moneda que iba “a la par con Londres”. Todavía no eran los tiempos del dólar, reinaba en aquella época la libra esterlina.

Nos hallábamos, es cierto, lejos de la posición privilegiada del virreinato, pero no teníamos el porvenir perdido, el futuro nos podía sonreír en cualquier momento y había modo de contrarrestar la ventaja que nos llevaban los países hermanos bañados por el Atlántico, eje entonces del comercio y las relaciones internacionales.

Lima era una fiesta en aquellos años de la República Aristocrática -la de Piérola y Pardo- y en las provincias las injusticias ancestrales se sentían menos; ilusión del porvenir, construyó Leguía su Patria Nueva con carnavales populares, carreteras, avenidas, puertos y derroche de ilusiones financieras y juegos eléctricos. El Perú, por muy grandes que fueran sus problemas escondidos bajo las alfombras o entre los pliegues andinos, podía hacer el esfuerzo de ponerse “a la par con Londres” en cuestiones sociales, políticas y económicas. A pesar de la dictadura y el centralismo leguiísta, no había llegado la hora en que se jodió el Perú. Sí quedó sembrada con Leguía una semilla perniciosa que contribuyó con el tiempo al desastre nacional: Leguía hizo irrisión de nuestra institucionalidad. El presidente lo fue todo.

El “crac” del 29 remeció al mundo y tumbó a Leguía. Un legendario comandante, Sánchez Cerro, “el Mocho”, se alzó en Arequipa y entró triunfante a Lima. Se desató la barbarie, pero el Perú siguió andando a pesar de la demagogia, del crimen político, de los petardos y de la anarquía que el APRA inauguró, introduciendo en el país los métodos violentos que el fascismo y el comunismo habían patentado en Europa. Y a pesar también de la violenta reacción del gobierno sanchecerrista.

Tras el asesinato de Sánchez Cerro, el general Óscar R. Benavides interviene para pacificar los ánimos e impedir que el país se paralice. Lo logra usando viejos sistemas policíacos y deja como sucesor a Manuel Prado, un personaje que no haría mover al país en ninguna dirección y no cometería imprudencias en la guerra mundial que ya estallaba. Pero, al parecer, Benavides comprendía que para el desarrollo de un país es necesaria la continuidad de acción en los gobiernos; y también parecía entender que la actividad ciudadana requiere seguridad, la que sólo puede emanar de normas legales estables. Será por esto que, en 1945, el ya mariscal Benavides propicia el Frente Democrático y la candidatura del doctor Bustamante y Rivero, quien plantea como condición irrevocable que su régimen sea de transición, de primer paso a una democracia basada en la seguridad jurídica.

La impaciencia del APRA y la torpeza militar echan por tierra este inteligente camino hacia la modernización del Perú. Vamos de tumbo en tumbo, pero vamos como esas canoas que se hunden y reaparecen en los rápidos del Colca.

En 1956 aparece rutilante la figura de Belaúnde, el arquitecto del nuevo Perú, y vuelven las ilusiones que Leguía, con habilidad de prestidigitador, supo usar para encandilar a las multitudes. Pero el vencedor de las elecciones fue Prado, el pasado que persistía. Y que persistió luego en el siguiente sexenio, a pesar de los buenos deseos y de importantes logros del presidente Belaúnde.

El Perú no resiste más y en 1968, al no decidirse Belaúnde -acorralado por el APRA y Odría- a cumplir sus promesas de cambio social, estalla la revolución militar.

Y aquí sí es cuando se jodió el Perú. No porque fuera innecesario enterrar el pasado. Era necesario hacerlo y bien enterrado debiera estar. Era necesario abrir la sociedad peruana. Al Perú lo ahogaba una argolla medieval, una oligarquía despiadada en los negocios y cerrada, ciega, en lo social; sin aliento patrio, sin visión de futuro, ignorante de las nuevas ideas que se iban imponiendo por el mundo, huérfana de respuestas a las exigencias de la hora. Sin darse cuenta de cómo ni cuándo la clase dirigente peruana se había convertido en cadáver que caminaba, hablaba y hacía dinero explotando a otros, no por habilidad propia, sino gracias a una especie de quinto real, de monopolio concedido a ella por gracia divina.

La revolución se había hecho necesaria.

Pero entonces, ¿cómo fue que se jodió el Perú?

No fue por borrar el pasado; el Perú se jodió porque la revolución militar no supo escoger el camino para modernizar al país. Destruyó el ayer, no creó el mañana y no supo mantener el presente. No tenía ideas y se dejó desbordar por las corrientes socialistas que la revolución militar apañó y engordó; pero no por las corrientes modernas, actuales, de ese signo, sino por las más vulgares, las menos inteligentes, las afectas al resentimiento y a la destrucción. No se dejó llevar por principios que hubieran desembocado en el socialismo de Felipe Gonzales o Mitterrand, sino por planteamientos que han tenido que ser revisados en China y la Unión Soviética para evitar que el desastre las arrase.

El Perú se jodió cuando, obnubilada por los resplandores de las ideas de los cafés europeos y de la Iglesia “progresista”, la revolución militar escoge equivocadamente el camino estatista, el del Ogro Filantrópico en dimensión marxista.

La reforma agraria era necesaria. Pero fue una insensatez que afectara a los agricultores que mejor producían y que no tenían tierras ociosas. Otro disparate fue imponer por la fuerza un sistema cooperativo -que no lo era- en las grandes haciendas azucareras.

También era necesaria la reforma de la empresa y todas las otras reformas “revolucionarias”. Pero hubo equivocación -y grande- cuando se creó la comunidad laboral y se introdujo la estabilidad en los puestos de trabajo; hubo torpeza cuando se estatizó no sólo la pesca sino hasta a los pescadores; y hubo delirio cuando el Estado reemplazó a los particulares y se convirtió en el gran empresario. Todas ellas, medidas que dañaron al país y no favorecieron, a pesar de sus buenas intenciones, a los trabajadores.

El Perú se jodió cuando la revolución militar optó por el estatismo en lugar de tomar el camino que el país requería: modernizarse, producir y competir en el mundo alentando la imaginación de los individuos, crear riqueza para que la justicia alcance a todos. El Perú se jodió cuando la revolución militar escogió el colectivismo y este terrible mal –productor de miseria sin quererlo y sembrador de desdichas sin saberlo- se enraizó en el país con el apoyo de todas las tendencias marxistas -que iban creciendo como espuma en medio del desconcierto general- y de todos los políticos que sólo ven votos en sus decisiones de gobierno.

Quien escribe estas líneas recuerda un encuentro callejero con Eudocio Ravines en el destierro de ambos, en México. Era el año 78 y el camino de regreso se nos abría a los deportados, aun para aquellos que teníamos proceso abierto “por haber intentado desestabilizar a la República”. De esto hablábamos cuando, de pronto, tajante, el célebre removedor de inquietudes políticas, muerto trágicamente hace unos años en esa misma calle, exclamó: “No vuelvas. Ya te has abierto camino fuera y tú, en el fondo, eres un liberal. A estos militares estatistas, con absoluta seguridad, los reemplazará el APRA, que es mucho más estatista que los militares”. Luego, al notar que no tenía acogida su consejo, con voz triste, quién sabe si adivinando que nunca volvería a la patria, que moriría atropellado en el cemento muy lejos de sus verdes valles cajamarquinos, añadió: “A mí me tienen que firmar doce generales un permiso expreso de regreso al Perú, porque once firmaron el decreto que me deportó y me quitó la nacionalidad”.

Eudocio Ravines no se equivocó. A los militares colectivistas los sucedió el APRA, luego de un paréntesis en el que, como antaño, no hubo suficiente decisión de cambio.

La tragedia del Perú continuó en manos del APRA, hundiéndonos en el barro de un estatismo torpe, inmaduro, al que podríamos llamar de juguete si no hubiera producido tantos destrozos.

Dije y repito que el Perú se jodió con el gobierno militar en los años setenta; porque fue en esa época que, a la vez que se impulsó la necesaria integración nacional, se escogió como instrumento de desarrollo el colectivismo estatista, modelo que ya la experiencia mundial desaconsejaba y que ha resultado más catastrófico, castrante y negativo que cualquier otro experimento del pasado para la evolución moral, económica y jurídica del Perú. O sea que, justo en el momento en que se iniciaban los pasos para la solución al más hondo problema nacional desde el inicio de República -al problema de la integración humana del Perú-, el gobierno tomó el desastroso camino del colectivismo. De este modo, la inevitable crisis económica estalló en conflicto social y el problema del indio, aunque sufriera algunos cambios, más aparentes que reales, quedó en lo mismo: siguió siendo la gran traba al desarrollo social del Perú. Fue así como se jodió el Perú.

El hecho no ocurrió en un día equis del año 68 o del 70. Los militares que acompañaron a Velasco, igual que éste, no tenían una idea clara de lo que iban a hacer en el gobierno el día que irrumpieron en Palacio y tampoco la tuvieron en los años siguientes. Tardó un tiempo para que fueran dándose cuenta de lo que hacían, aunque nunca llegaron a ponerse de acuerdo en cuanto a las metas finales. No hay, pues, fecha para recordar y lamentar el infortunio.

Tampoco carecía de antecedentes el proceso de integración nacional que la revolución militar puso en marcha. El más reciente había sido justamente la prédica electoral del arquitecto Belaúnde y las primeras jornadas de Cooperación Popular al inicio de su régimen. Bellos instantes de diálogo fecundo, de abrazo fraterno entre peruanos de la ciudad y el campo, que desgraciadamente quedaron truncos, como cometas inconclusas que soñaron inútilmente con volar.

El Perú se jodió con la revolución militar del sesentaiocho porque, ilusamente, creímos encontrar la fuente de la felicidad en el modelo socialista. No se jodió porque en esos años se dieron pasos firmes hacia la integración peruana. No. Acelerar el paso en esa dirección era necesario para que el país fuera adquiriendo, por fin, conciencia de nación, para que los peruanos entendiéramos qué es sentido nacional. Ya que no es posible hablar de nación peruana mientras el indio, el indígena de estas tierras, no se halle incorporado, junto con los demás peruanos, a la actividad del hombre moderno; mientras no lleguemos a entender que la rabulesca eliminación de la palabra indio en el diccionario peruano no elimina -ni siquiera esconde- el problema del indio. Un problema que nos ronda desde comienzos de la República y que siempre se ha pretendido soslayar, enmascarar, olvidar. Por lo pronto, son escasos, se les podría contar con los dedos de una mano, los políticos y pensadores peruanos que han tocado sin temor el problema del indio. Entre esos pocos uno de los más lúcidos, descarnados, es José Carlos Mariátegui, quien no tiembla al hundir el dedo en la llaga cuando dice: “En el Perú, el problema de la unidad es más hondo porque no hay aquí que resolver una pluralidad de tradiciones locales o regionales sino una dualidad de raza, de lengua y de sentimiento, nacida de la invasión y conquista del Perú autóctono por una raza extranjera que no ha conseguido fusionarse con la raza indígena ni eliminarla ni absorberla”.

He aquí el problema magistralmente expuesto. Pero ¿cuál será la solución?, ¿cuál será el destino de estas tierras? Y la respuesta es un dilema: o nos fusionamos civilizadamente, inteligentemente, corrigiendo los desatinos del siglo y medio, o Sendero eliminará salvajemente a medio Perú para levantar sobre los escombros su patria, la de los vencedores. Esta es la hora aterradora que vive el Perú.

Pero ya dije que por mirarle el rostro al problema del indio no se jodió el Perú. Al revés, por no mirarlo, o por despreciar al indio, fue que nos ocurrieron grandes desastres -como la derrota de Yungay-; pero no sigamos con el tema por ahora. Ya habrá espacio más adelante para hablar de la arrogancia, la mezquindad y la estrecha visión limeñas contra el indio Santa Cruz, contra quien planteó establecer un diálogo vital entre la Costa y la Sierra, y así llegar a la fusión, a la integración humana de los distintos Perúes.

El Perú se jodió, repito, cuando optó, en la época de la revolución militar, por el estatismo. Cuando, en lugar de insistir en la unión nacional y ajustar los instrumentos de desarrollo a esa meta superior, optó por el enfrentamiento de clases, por el odio de razas. Se jodió cuando, sin comprensión de la realidad peruana, sin captar las corrientes modernas y sin advertir los desastres que el colectivismo había ya producido en el mundo, los militares revolucionarios, instigados por un grupo de inexpertos intelectuales marxistas, escogieron como modelo el socialista. Sí, socialista, tal como está escrito; aunque en verdad se trató de un sistema ajeno al Perú y desconocedor de sus problemas, nacido de libros y de aventuras juveniles europeas, un socialismo chato, poco inteligente, muy distante de las ideas humanistas, samaritanas, generosas, que dieron origen a esa corriente social. Un socialismo parecidísimo al que, junto a un tenso enfrentamiento racial, quiso imponer el presidente Alan García. Como si sus principales consejeros fueran los mismos jóvenes marxistas que inspiraron los traspiés militares de los años setenta.

Porque los dioses se compadecieron de nosotros en aquellos años de la “revolución militar”, el Perú no llegó a caer en el abismo cubano, aunque sí estuvimos cerca de ello. En el Perú de esos días sólo se pensó en repartir, distribuir, arrebatar. Nadie habló a las masas de producción, de rendimiento, de efectividad, de eficacia, de capacidad; y si alguien lo hacía, nadie daba un centavo por su futuro político. Menos todavía si asociaba la efectividad empresarial a la creatividad, a la imaginación del individuo, a la tenacidad, dedicación y sacrificio del propietario. Aquello tan antiguo que decía: “El ojo del amo engorda al caballo”, que muy bien conocían y aplicaban nuestros abuelos.

Esas ideas desastrosas, basadas en hacer daño al que acumuló ganancias legítimas con trabajo y perseverancia, enraizaron en el Perú y se consagraron como las mejores opciones a seguir.

Todo comenzó con la Reforma Agraria.

No porque no hubiera que hacerla -como que hay que borrar y seguir borrando todo tipo de explotación e injusticia donde éstas se encuentren- sino porque esa reforma se hizo mal y sirvió para no acrecentar el rendimiento del agro sino para activar enconos y revanchas, abusos y tropelías. Los latifundios de la Sierra eran una vergüenza, porque explotaban al campesino y porque eran, además, improductivos. Hoy, la situación en la Sierra no ha variado en cuanto a productividad -los reformistas no se ocuparon de alentar y orientar al campesino- y, si bien han desaparecido los latifundistas, no faltan otros explotadores en su reemplazo.

En la Costa era inaceptable el monopolio del algodón y el azúcar, controlado por tres o cuatro familias. Pero en lugar de dejar la industria en manos privadas y de promover auténticas cooperativas agrarias responsables de su gestión, integradas por trabajadores y técnicos, se optó por el colectivismo; y los frutos de la irresponsabilidad están a la vista. Tampoco se hizo justicia a los medianos y pequeños empresarios del campo -por lo general, ingenieros agrónomos- que habían logrado alcanzar, manteniendo buenas relaciones con sus trabajadores, grandes rendimientos en fundos de cincuenta, cien y ciento cincuenta hectáreas. A éstos jamás debió alcanzarles la reforma. Eran el motor y el futuro de nuestra agricultura.

En pocas palabras, la Reforma Agraria, desgraciadamente, significó no modernización del campo sino repartija de tierras. También hubo despojo de herramientas, maquinarias y casas- habitación. Significó la parálisis de la propiedad agrícola, porque la tierra dejó de ser un bien útil para financiar la actividad agrícola para crecer y prosperar. La tierra sólo sirvió para vegetar en ella.

Con la Reforma Agraria no aumentó la producción; al contrario, bajó y siguió bajando, porque nadie o casi nadie se atrevió a cometer el sacrilegio de ir a contrapelo de los sacrosantos mitos de esos días, como el de la Reforma Agraria, y hasta hoy hay resistencia a corregir los errores que la hacen contraproducente a los intereses del país, empobrecedora de los pobres.

(No faltará quien, al leer estas líneas, se pregunte ¿por qué Oiga no apoyó en todo momento a Fujimori?… Y la interrupción vale para aclarar que esta revista se ha cansado de puntualizar que está de acuerdo con el lineamiento general de la política económica del actual régimen, pero que también, permanentemente, ha rechazado el sectarismo liberal con la misma convicción con que repudia todo fundamentalismo. Para Oiga, las reglas del mercado deben tener excepciones, de acuerdo a la naturaleza de los pueblos y a las circunstancias del momento. Y también Oiga está en desacuerdo con las exageraciones ayatolistas, como la de hacer ilimitada la propiedad de la tierra, ya que esta disposición abre las puertas al latifundismo -que siempre será nefasto- y hará posible, aunque sea en teoría, en extravagante hipótesis, que un jefe árabe despistado o borracho, o un Midas cualquiera, se haga propietario del Perú entero. ¿Por qué no fijar extensiones tan amplias como lo recomienda la técnica y dejar abierta la posibilidad de ampliar esos límites cuando el interés nacional -igual que en las expropiaciones- amerite un acuerdo de ministros para el caso; y evitar así el otro disparate que es poner impuesto a las extensiones mayores, porque eso sería castigar a la eficiencia? ¿Por qué en Europa, que algo nos aventaja en experiencia, muchas cosas no se venden sino se conceden por 99 años?… Y, para completar el paréntesis, para que quede constancia de que la abierta oposición de Oiga al gobierno no es gratuita: Oiga cree que un gobierno no deja de ser dictadura por tener mayoría de votos -ahí están los ejemplos de Hitler y Mussolini- y estima que todo autoritarismo es negación del civilizado estado de derecho al que aspiran todos los pueblos anhelantes de un desarrollo sostenido).

Otro de los instrumentos revolucionarios que con ilusión y sano entusiasmo puso en marcha el gobierno militar fue la Comunidad Laboral. Idea alentada, sin duda, por nobilísimos propósitos y basada en impecable teoría sobre la armonización del hombre con su trabajo. Pero una cosa son los cálculos en el papel y otra la realidad. De allí que lo que se pensó como impulso a la productividad, como sustituto del sindicato, resultó constituyéndose en un añadido a las trabas que desalientan la producción.

Lo mismo podría decirse de la estabilidad laboral. Otra ley con esas buenas intenciones que empiedran el infierno, ya que en lugar de aumentar los puestos de trabajo -que era lo que se pretendía-, éstos fueron disminuyendo. Y, peor aún, esa disposición sirvió para destruir con suma eficacia la disciplina en los centros de trabajo.

Cuando se hicieron “irreversibles” estas disposiciones, muchas de ellas inspiradas en ideas saludables, pero todas contagiadas de resentimiento y mediocridad, a la vez que administradas por holgazanes, fue que se jodió el Perú. Fue entonces que el país comienza a desintegrarse, justo cuando la repartija se hace norma y el socialismo rampante de los cafés latinoamericanos en Europa se hace meta.

Fue un cúmulo de errores que explosionaron de pronto; errores que habíamos ido almacenando desde muy antiguo, desde aquel gran descalabro de Yungay. Porque -hay que decirlo de una vez- lo que se enseña en las escuelas, lo que opina don Jorge Basadre y lo que nos escribe un lector amable sobre Santa Cruz y la Confederación Perú- boliviana es un engaño que encubre, esconde, maquilla la verdad. Una verdad que, por ser muy amarga, no es agradable reconocer. Pero que es verdad.

Nuestro primer gran contratiempo –repito- fue la destrucción de la Confederación. No porque Castilla o Gamarra hubieran sido traidores a la patria, que no lo fueron. Sólo a los peruanos nos satisface repartirnos como volante de circo el título de traidor. Sí fueron unos despistados que no vieron, ni siquiera olfatearon, lo que ocurría bajo los hechos que ellos vivían apasionadamente. Fueron políticos tan torpes que creyeron posible la anexión del Perú por Bolivia. Tremenda equivocación -imperdonable en quienes se estimaban estadistas-, alentada por Chile, país que sí veía un peligro para él -para su expansión- en la Confederación. De allí que se aplicara en ser asilo grato para los refugiados peruanos. Lo que no niega que Castilla fuera más tarde un excelente y patriótico administrador y que los dos (Castilla y Gamarra) fueran valiosísimos soldados -hasta geniales estrategas si se quiere- a los que les corresponden todos los méritos y honores de la derrota que sufrieron en Yungay los confederados del indio Santa Cruz. Al jefe chileno de la expedición, general Bulnes, sólo le correspondió -para desgracia nuestra- la victoria política. Con ello cumplió los planes trazados por Diego Portales, el gran estadista chileno que halagó y amparó a los deportados peruanos que encabezaron, bajo mando chileno, las dos expediciones restauradoras que culminaron en Yungay. Planes y estrategia detalladamente explicados en la carta de Portales, que reproduce Jorge Basadre, y que en un párrafo dice exactamente: “Va usted, en realidad -le escribe Portales a Blanco Encalada, jefe de la primera expedición-, a conseguir con el triunfo de sus armas la segunda independencia de Chile…. La posición de Chile frente a la Confederación Perú- boliviana es insostenible. No puede ser tolerada ni por el pueblo ni por el gobierno porque ello equivaldría a su suicidio. No podemos mirar sin inquietud y mayor alarma la existencia de dos pueblos confederados y que, a la larga, por la comunidad de origen, lengua, hábitos, religión, ideas, costumbres, formarán, como es natural, un solo núcleo”.

Lo que Portales veía con clarísima precisión -también así lo veía desde el campo opuesto Santa Cruz- no lo vieron los díscolos caudillos peruanos, con Castilla a la cabeza; pero, sobre todo, no lo veía la virreinal y engreída Lima, la amodorrada ciudad de la mazamorra y el arroz con leche. Tampoco lo ven nuestros historiadores y algunos de los lectores de Oiga que me han escrito sobre el tema. Sí lo vio Bolívar, quien no quiso un Perú fuerte e hizo del Alto Perú una nación independiente. Y, muchas páginas atrás en la historia, así también lo vio el virrey Manuel Guirior, quien escribió en 1778 cuando se comenzó a hablar de la Audiencia de Charcas y de hacerla -como se hizo- dependencia del virreinato de Buenos Aires: “El reino del Perú, Bajo y Alto, no admite división perpetua”.

Portales, con larga y aguda visión de estadista –él es el padre de la nación chilena-, advierte que es natural la unión de los dos Perúes, que el idioma –el quechua y el aimara- los unifica, que habrá con el tiempo una ligazón inseparable con Lima capital, que la Sierra y la Costa -con paridad en el diálogo- unirán capacidades y recursos. Adivina él, chileno, lo que pudo ser este país y no fue -por obra de él, en parte-, mientras que los peruanos seguimos sin captar, sin sentir el problema del indio, queriéndolo eliminar, borrando la palabra indio del diccionario. O entendiéndolo mal, soberbiamente, con desprecio, como lo entendía la frívola Lima de los años de la Confederación; la Lima que se rendía a los pies de Salaverry y Vivanco porque eran blancos, altaneros y poco sagaces; la Lima que detestó en Santa Cruz al indio. Así lo decían sus coplas:

“Que este Alejandro huanaco
extienda hasta el Juanambú
sus aspiraciones viejas.
¿Por quí, humbre, el Bolivia dejas?
¿Por quí boscas la Pirú?.”

Francisco «Paco» Igartua

EDITORIAL PERIODISTICA OIGA S.A – Archivo Revista Oiga

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